Estoy en mi kayak,
flotando en medio del mar.
Llevo tanto tiempo en esta travesía
que hace mucho dejé de contar los días.
La noche fue apacible;
al fin pude dormir,
arrullado por las olas
de un océano sin apuro.
Contemplo maravillado
la línea infinita
donde el mar se funde con el cielo.
Empiezo a sentir
cómo el sol asoma allá en el horizonte.
Sus rayos dorados tocan mi piel:
un cálido abrazo
que me reconforta por dentro,
como si el mundo susurrara:
“Sigue, no te rindas. No estás solo.”
Desde hace unas horas
el agua está tranquila,
suave,
como si me sostuviera con delicadeza.
Una vez más
no hay tierra a la vista,
pero sé que no estoy a la deriva.
Estoy en camino,
en tránsito.
El profundo silencio del mar
no me asusta:
me acompaña.
Tengo los labios resecos,
aunque estoy rodeado de agua.
Mi cuerpo está cansado,
pero sé que aún puedo resistir.
No temo al dolor físico,
sino al de la desesperanza.
Miro mis manos,
firmes sobre el remo.
Han trabajado toda la vida,
han cuidado,
han creado,
han sostenido a otros,
y me han sostenido a mí.
Hoy
están listas para seguir remando.
Miro el mar,
que hoy es como un espejo,
y en ese reflejo pienso
en los ángeles de mi vida.
Son ellos quienes me sostienen desde dentro,
la razón más pura
para seguir remando.
Aunque no vea la costa,
siento su amor
como una cuerda invisible
que me ancla a tierra firme.
Y solo eso basta.
Tomo aire
y empiezo a remar:
una palada,
otra,
y otra más.
Sé cómo hacerlo.
Cada movimiento
me ancla al ahora.
Cada gesto pequeño de hoy
me acerca a buen puerto.
No necesito ver la orilla
para confiar en que está ahí.
Y cuando la duda
me toque el hombro,
recordaré
que ya he llegado muy lejos.
Respiro profundo
y me digo,
con cariño:
Hoy voy a remar lo que pueda;
no necesito llegar,
solo seguir.
Estoy en mi kayak,
flotando en medio del mar.
Y ahora abro los ojos…
Siento en el pecho
fuerza y tranquilidad.
Estoy sentado
en el borde de mi cama.
Estoy listo
para este nuevo día.
Y vuelvo a remar.



